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​​​​CARTA AL DESEO

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Querido Deseo:

 

Tardé muchos años en comprenderte.

Quizá porque siempre pensé que eras algo que estaba adelante: una ilusión, una esperanza, algo que todavía no había sucedido.

Hoy empiezo a pensar que estaba equivocado; también, podés estar detrás.

Hace muchos años, una noche de tormenta, estaba sentado a la mesa de la cocina de mi humilde casa de Lanús; era un niño que esperaba la cena. Y a su padre.

Me puse a dibujar sin pensar demasiado. Mi Papá llegó empapado después de trabajar; se bañó; se cambió y se sentó a mi lado. Él nos había traído, como tantas noches, un chocolate Jack para mi hermano y para mí. Después, mi padre abrió aquella libreta de tapas negras donde anotaba las ventas de los diarios que repartía: un palote era un diario. Otro, una revista.

Yo lo miraba, hasta que le pregunté qué estaba haciendo.

Mi padre levantó la cabeza, me miró y dijo:

–Hijo, si no querés hacer lo que estoy haciendo, ¡estudiá!

Yo era un chico. Y acababa de recibir un deseo; en ese entonces, no lo sabía. Mucho menos podía imaginar todo lo que ese deseo iba a provocar.

 

Pasó el tiempo. Yo estudié; hice la secundaria; me recibí de contador, pero no dejé de estudiar. Me especialicé: hice posgrados, masters y  maestrías y seguí buscando, aprendiendo, preguntándome cosas. Fui, siempre, curioso.

 

Hasta que ocurrió algo que entonces quizá no supe interpretar.

Tenía cincuenta y cuatro años; la misma edad que tenía mi padre cuando falleció.

Yo había cursado y terminado, después de dos años, un máster en Dirección de Empresas Constructoras y Desarrollo Inmobiliario en la Universidad Politécnica de Madrid. Fui el alumno de mayor edad del curso, y en la entrega de los títulos sucedió lo impensado: recibí el premio a la mejor tesis.

 

Cincuenta y cuatro años: la edad en que para mi padre se había terminado el tiempo; yo era premiado, recibía una distinción más que importante a la mejor tesis de un máster internacional.

 

Muchos años antes, sentado a mi lado en aquella cocina de Lanús, él me había dicho:

–Hijo, si no querés hacer lo que estoy haciendo, ¡estudia!

¿Casualidad?

Puede ser. No creo mucho en las casualidades. Pero ya no necesito encontrar una explicación; me alcanza con comprender lo que aquella frase produjo.

 

Mi padre había trabajado desde muy chico. Le hubiera gustado seguir estudiando, ser profesional. La realidad de su vida fue otra.

Yo sí pude hacerlo. Y seguí. Quizá por mí. Quizá también un poco por él.

Hoy pienso que aquel día, cuando me dieron el premio a la mejor tesis, no estaba terminando solamente una máster.

Creo que Un Deseo que había nacido muchos años antes, en una humilde cocina de Lanús, seguía viajando.

 

Pasaron más años, formé una familia; llegaron mis hijos; trabajé mucho. Me equivoqué y volví a empezar. Gané algunas cosas y perdí otras.

Viví.

 

Y un día empecé a escribir. Entonces volví a buscar a mi padre.

Escribí mi primera novela:  Hijo `E Tigre, el embajador de un deseo.

Creí que estaba escribiendo sobre él. Hoy pienso que también estaba cumpliendo algo que él había empezado, porque mientras escribía para recordar, estaba creando un nuevo Origen.

 

Y ahí, Deseo, apareciste otra vez; de una manera diferente.

El chico que había recibido el deseo de su padre se había convertido en padre, y ahora escribía para que sus hijos pudieran conocer una historia que también les pertenecía.

 

Hacia el final de aquel libro escribí precisamente eso: que quería que mis hijos conocieran la historia familiar a través de mí porque, en definitiva, también era la historia de ellos. Y terminé hablando del amor, del miedo, de las pérdidas, las pasiones y los deseos.

Entonces todavía no alcanzaba a comprender hasta dónde llegaba esa idea.

Ahora creo que sí: El Círculo.

Mi padre tuvo un deseo. Ese deseo produjo una frase. La frase produjo decisiones. Las decisiones construyeron una vida. La vida produjo recuerdos. Los recuerdos produjeron un libro. Y aquel libro produjo nuevos deseos.

 

Entonces entendí que ustedes cuatro –el Deseo, el Origen, el Tiempo y los Recuerdos– nunca estuvieron separados.

El Deseo imagina.

El Origen comienza.

El Tiempo transforma.

Y el Recuerdo devuelve.

Pero cuando el Recuerdo vuelve, puede generar un nuevo Deseo.

Y todo empieza otra vez.

 

Tal vez por eso la vida no sea una línea, tal vez sea Un Círculo. O muchos círculos que se tocan. Porque aquello que un día deseamos será, si tenemos suerte, un recuerdo.

Y aquello que recordamos puede convertirse en el origen de algo que todavía no existe.

 

Como aquel chico dibujando en una humilde cocina de Lanús.

Como su padre haciendo palotes en una libreta negra.

Como aquel hombre de cincuenta y cuatro años recibiendo un premio por una tesis de una Universidad de Madrid.

Como yo, muchos años después, escribiendo sobre todo aquello.

Y como estas palabras que estoy escribiendo ahora.

 

Vos también Deseo, estabas ahí. Yo, todavía no lo sabía. Mi padre, quizá, tampoco. Pero ahora comprendo algo que durante mucho tiempo no pude poner en palabras: un deseo puede seguir produciendo consecuencias mucho después de que quien lo originó, ya no esté.

Algunos deseos se cumplen, otros, se transforman. Y algunos se heredan.

 

Mi padre me dejó uno. Yo intenté llevarlo conmigo.

Quizá por eso, sin saberlo, alguna vez me convertí en el embajador de un deseo.

Tito murió a los cincuenta y cuatro años.

Su deseo no.

 
Omar Lares ​
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