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​​​​CARTA A LOS SUEÑOS

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Queridos sueños:

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No recuerdo cuándo comenzaron a acompañarme.

Quizás estuvieron siempre, incluso antes de que pudiera distinguir entre aquello que deseaba y aquello que era posible conseguir.

De chico, todo parecía estar por delante. El tiempo era infinito y los sueños no necesitaban demasiadas explicaciones.

Después crecí, y descubrí que la vida no siempre se parece a lo que imaginamos.

Algunos sueños se cumplen; otros cambian de forma; algunos desaparecen sin que sepamos exactamente cuándo dejamos de perseguirlos. Y hay otros que nos acompañan durante toda la vida.

 

Hace poco, mientras escribía mi Carta a los deseos, comprendí que inevitablemente estaba pensando también en ustedes, porque un deseo puede ser el origen de un sueño. Y un sueño, con el tiempo, puede convertirse en una decisión. La decisión, en un camino. Y el camino, en una vida.

Quizás por eso, cuando miramos hacia atrás, descubrimos que muchas de las cosas que hoy forman parte de nuestros recuerdos comenzaron siendo algo que todavía no existía.

 

Mi padre también tuvo sueños. Él amaba Mar del Plata; durante muchos años imaginó tener allí un pequeño lugar donde pasar sus días junto a mi madre. Finalmente pudo cumplirlo, pero la vida apenas le concedió tiempo para disfrutarlo.

Muchas veces pensé en esa historia; en los años que podemos pasar imaginando algo y en lo poco que sabemos acerca del tiempo que tendremos para vivirlo.

 

¿Un sueño cumplido deja de serlo porque no alcanzamos a disfrutarlo como esperábamos?

No lo creo.

Pero aquella historia, la de mi padre, me enseñó algo que tardé muchos años en comprender: no alcanza con cumplir los sueños. También hay que encontrar tiempo para vivirlos.

 

Quizás por eso hoy me interesan tanto los sueños que todavía tengo.

No se trata solo por la posibilidad de alcanzarlos, sino por todo lo que sucede mientras intento hacerlo: los proyectos; las conversaciones; las decisiones; los pequeños avances e incluso las dificultades.

Porque a veces creemos que la felicidad nos espera al final de un camino y no advertimos que también puede encontrarse durante el recorrido.

 

Hace unos meses, mi esposa y yo, nos despedimos de una casa donde habíamos vivido durante muchos años. Ahora estamos preparando otra; todavía no vivimos allí, pero ya imaginamos momentos que quizás algún día se conviertan en recuerdos.

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Entonces me pregunto: ¿En qué momento comienza a cumplirse un sueño?

¿Cuando lo imaginamos?

¿Cuando empezamos a construirlo?

¿O cuando finalmente podemos vivirlo?

Tal vez no exista una única respuesta, porque los sueños tienen algo extraño: incluso cuando se cumplen, pueden seguir transformándose.

 

También están los sueños que nunca se realizan; no me olvido de esos.

Hay sueños que no alcanzamos por falta de oportunidades, por circunstancias que no podemos controlar o simplemente porque la vida tomó otro camino. Y no todo depende del esfuerzo; todo, no es posible.

Incluso algunos sueños que no se cumplen pueden dejarnos algo: una experiencia; una enseñanza; un camino que jamás habríamos recorrido de no haberlos imaginado.

 

Hace unos años escribí una novela que titulé Hijo ‘E Tigre, el embajador de un deseo. En sus últimas páginas aparece una canción de Queen: The Show Must Go On, el espectáculo debe continuar.  Esa maravillosa canción, atravesada por la fragilidad de la vida y la voluntad de seguir adelante, terminó formando parte del sentido de aquella historia.

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Y hoy, mientras vuelvo a pensar en el tiempo, el origen, los recuerdos y los deseos, comprendo que esa idea sigue acompañándome.

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El espectáculo debe continuar.

Pero ¿qué espectáculo?

El de los sueños.

El de los deseos.

El de la vida.

Quizás por eso sigo soñando; no porque crea que todo lo que imagine llegará a suceder, sino porque todavía hay cosas que quiero conocer, escribir, compartir y vivir.

Y porque mientras podamos imaginar algo que todavía no existe, habrá una parte de nuestro futuro que seguirá abierta. Que seguirá viva.

 

Queridos sueños:

Tal vez ustedes no sean una promesa de felicidad.

Tal vez sean, simplemente, una invitación a seguir caminando.

Porque los sueños no siempre existen para cumplirse. A veces existen para recordarnos que todavía tenemos vida por delante.

Y, mientras eso suceda… el show debe continuar.

 
Omar Lares ​
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