CARTA AL TIEMPO
Querido Tiempo:
Ayer, con mi hijo de 19 años, fui a buscar un poco de mi pasado. Terminé pensando en su futuro. Juntos fuimos a ver, Ecos, de Soda Stereo. En un momento, apareció Cerati: era un holograma.
Imagen, voz, un recuerdo convertido en presencia. Realidad imposible.
Miré a Gustavo; después miré a mi hijo. Él escuchaba a un músico de mi generación.
Yo me reencontraba con una parte de mi pasado.
Querido Tiempo, por unos minutos, la tecnología jugó para vos: nos juntaste. Cerati no volvió. Sin embargo, mi hijo y yo estábamos ahí con su eco.
Querido Tiempo: te llevás cosas; algunas las devolvés transformadas: en una canción, en una fotografía, en un aroma, en un gesto; un día nos descubrimos diciéndoles a nuestros hijos una frase que nos decían nuestros padres. Y que nos habías jurado no repetir jamás.
Doña Olga todavía tiene el viejo teléfono de línea, sobre una mesa pequeña. Ella, durante años, se sentó cerca a esperar la llamada de sus hijos.
Hoy, ellos llevan, cada uno su teléfono, en el bolsillo; le escriben; le mandan audios; fotos, o hablan con ella, desde cualquier lugar, mirándose cara a cara.
El viejo teléfono de línea, ya no se usa. Olga no añora el sonido de ese aparato: ella extraña a la mujer que había sido, mientras lo escuchaba sonar.
Extrañamos casas, barrios, lugares; extrañamos el modo en el que jugábamos al fútbol; extrañamos amigos, trabajos, gente querida, espacios que dejamos en el camino.
En realidad, verdaderamente extrañamos, a quiénes fuimos nosotros cuando todo esto formaba parte de nuestra vida.
Odiseo pasó años hasta que volvió a Ítaca. Él creía que el regreso significaba recuperar aquello que había dejado.
Homero aprendió que nadie regresa igual de un viaje. Tampoco, nosotros.
Antes de esta experiencia con mi hijo, para mí hacer un duelo era aprender a olvidar.
Después del recital, me doy cuenta de que, hacer un duelo, quizás sea aprender a recordar sin dolor, y sin pedirte que retrocedas.
Aceptar que nuestros hijos crecen, que algunas personas se van, que ciertas casas dejan de ser nuestras, que los sueños cambian, que hoy jugamos de otro modo al fútbol. Y que somos diferentes a quien fuimos antes.
Ayer, mientras volví a escuchar la voz de Cerati, miré a mi hijo y entendí algo más: él no puede vivir mi pasado. Yo no puedo vivir el presente de él. Podemos compartirlo. Esto es lo valioso.
Tal vez, nuestra pelea contra vos, Tiempo, fue, es y será inútil: no se trata de detenerte. El asunto es transmitir, dejar historias, enseñanzas, recuerdos. Dejar valores. Dejar ecos.
No es cuestión de quedarnos sentados, junto al teléfono, esperando que vuelva a sonar.
Querido Tiempo: entendí que el pasado no necesita volver.
Y que nosotros no necesitamos anclarnos en aquello que sucedió ni en quienes fuimos.
Algunos recuerdos viven para siempre.
Como los ecos.
Con admiración,
Omar Lares
